Antes de que la pandemia de coronavirus Covid-19 trastornara la vida y el sustento de millones, en los países occidentales ver a alguien público con cubrebocas evocaba imágenes de payasos malévolos y villanos aterradores: así se recuerda a Hannibal Lecter, el caníbal psicópata de “El silencio de los inocentes”, o a Jason Voorhees, el asesino de la serie de películas de terror “Viernes 13”.

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Peor aún, la aparición de cubrebocas en las calles de París, Londres o Bruselas —una prenda aceptada desde tiempo atrás en algunas ciudades asiáticas— provocaba malestar y angustia, relacionados con las masacres perpetradas por extremistas con pasamontañas.

Ya en 2011, años antes de la pandemia de Covid-19, Francia prohibió el uso del velo en lugares públicos en parte porque el gobierno decía que cubrirse el rostro violaba los valores seculares de la nación, pero en el lapso de pocas semanas a mediados de este año, esta narrativa se ha vuelto patas arriba. Los cubrebocas están en todas partes y transmiten un significado nuevo, de hecho positivo.

“A primera vista, el cubrebocas produce malestar”, dijo a la agencia AP el sociólogo Franck Cochoy, de la Universidad Jean Jaures de Tolosa, Francia, vía telefónica.

“Cuando la gente la veía en la calle, se sentía amenazada por la enfermedad. Hoy, lo que asusta a la gente es no ver cubrebocas. Se han convertido en objetos tranquilizadores”.

En las etapas iniciales de la pandemia, la mayoría de los gobiernos desalentaban el uso del cubrebocas, pero ahora lo consideran recomendable, incluso lo declaran obligatorio, para frenar la propagación del virus.

Cochoy está asombrado por la rapidez con que la gente las ha acogido. Con su equipo de investigadores, ha estudiado más de un millar de casos. El cubrebocas, dice, ha creado una nueva desigualdad social, “una división social entre los que las tienen y los que no”.

“La gente que no tiene cubrebocas se siente desnuda”, dijo.

Al inicio de la pandemia, la escasez de mascarillas hizo que mucha gente recurriera a soluciones caseras. Aunque los profesionales de la salud dicen que no brindan gran protección, las mascarillas hechas a mano se han vuelto un artículo codiciado. Esos pequeños trozos de tela que cubren la nariz y la boca son un símbolo social, como cualquier otra prenda.

En la elegante Avenida de los Campos Elíseos (Les Champs-Élysées) de París, cuando la gente pudo salir nuevamente después de dos semanas de una cuarentena estricta, una mujer llevaba un cubrebocas negro con una inscripción blanca de Chanel.

En Bruselas, en una pequeña tienda que la vende fruta y verdura orgánica y que es preferida por los llamados “burgueses bohemios”, los cubrebocas hechos a mano vienen en multitud de diseños y una gran gama de colores. A unos cientos de metros de ahí, la mayoría de la gente que hace compras en un gran supermercado prefiere la versión quirúrgica descartable —la que se vende por menos de un euro en las farmacias—, sin la menor pretensión estética.

Vanessa Colignon, una diseñadora de modas en Bruselas, participa desde años en proyectos de cero residuos con materiales naturales o reciclados de productores locales sostenibles. Al ver los guantes y cubrebocas baratos descartables que la gente dejaba en las calles de su barrio, decidió empezar a producir las suyas durante la crisis de salud.

“Pensé que el gobierno produciría cubrebocas y guantes reutilizables”, dijo, decepcionada porque las autoridades belgas aparentemente no apoyaban la producción sostenible de los cubrebocas.

“Su prioridad debería haber sido: ‘no fabricamos más cubrebocas descartables’”, añadió.

Cochoy cree que la dicotomía entre el cubrebocas quirúrgico y el hecha a mano anticipa la tendencia que primará después del Covid-19: los partidarios del desarrollo sostenible contra las estrategias de “crecimiento a toda costa”.

“Es fascinante. Estos dos tipos de cubrebocas llevan las voces del mundo postcoronavirus”, dijo. “Por un lado, los cubrebocas quirúrgicos encarnan el mundo moderno, globalizado, donde todo está estandarizado, con sus ventajas e inconvenientes. Su poder de filtración es alto, mensurable y certificado, pero vienen del extranjero en contenedores, están cargadas de carbono, son descartables. Con la versión casera regresamos a una forma menos eficiente de economía sostenible, no de mercado”.

(Foto: Tomada de la agencia AP)

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