La bancarrota creativa de Hollywood se manifiesta cada semana en las salas de cine, el estreno fuerte de los viernes solamente han sido secuelas y remakes. Los productores dejaron de arriesgarse y prefieren utilizar a personajes ya conocidos para asegurar la venta de boletos en taquilla. Y a esto solo quiero decir: Hakuna Matata. Esta semana, Disney presentó su tercer remake del año: El Rey León (Lion King, Jon Favreau, 2019). Como tal, la película no tiene nada más que una excelente animación – porque sí, es CGI, no puede ser considerada live action –, hay fotogramas que parecen fotografías, pero cada uno de ellos es creado por computadora. Es la historia tal cual, solo le agregaron la justificación del por qué Scar sigue vivo y se le retiraron los elementos fantasiosos, oníricos y surrealistas de la versión de 1994 – bueno, son animales hablando –. No quiero enfocarme en el análisis de la cinta, ya que soy una de las personas menos objetivas para hacerlo… ya que El Rey León (The Lion King, Roger Allers & Rob Minkoff, 1994) es mi película animada favorita, por lo que no puedo realizar un trabajo como lo hice en su momento con Dumbo (Tim Burton, 2019) y Aladdin (Guy Ritchie, 2019), películas estrenadas este mismo año. Meses antes, desde las primeras imágenes y tráilers, mi emoción iba en crecimiento constante y mi yo crítico se encontraba en conflicto. Desde que Spotify lanzó el soundtrack de la película, lo escuché en repetidas ocasiones junto con el álbum de la original de los 90’s. Estoy seguro que cansé a muchas personas cuando cantaba – con una total falta de talento vocal – mis propias adaptaciones de Hakuna Matata, Ciclo Sin Fin, Yo Quisiera Ser el Rey tanto en español como en inglés – cosa que sigo haciendo –. Como toda manifestación artística, cuando la persona que es expuesta a algún trabajo, éste resulta con más significado si existe un contexto y una relación emocional. Por lo que me resulta importante mencionar que El Rey León fue la primera película que recuerdo haber visto en una sala de exhibición y que la vi acompañado de mis papás y mi hermano. Al año siguiente fuimos a ver Toy Story (John Lasseter, 1995). En mesas de discusión, pláticas, entrevistas y transmisiones en las que me han invitado, el tema de los Remakes y secuelas ha estado muy presente en los últimos días. Recuerdo mucho la anécdota de Gus Van Sant y su versión de Psicósis (Psycho, 1998), quien declaró que realizó este trabajo para demostrar lo innecesario y poco funcional que resulta volver a hacer una película. Yo soportaba esta idea y procuro ponerla sobre la mesa para fortalecer mis argumentos al referirme a la necesidad de las productoras de volver a invertir millones de dólares en recontar historias en la pantalla grande. El Rey León me dejó callado y es que tuve oportunidad de ir al cine acompañado de mis sobrinos, mi hermano, mi cuñada, mi pareja y mi mamá. Mis lágrimas casi comenzaron a correr, porque después de 24 años mi mamá volvió a pisar la sala de un cine, lo cual desquitó por completo el boleto. Después de que le insistí de que fuéramos a ver Up: Una Aventura de Altura (Up, Pete Docter & Bob Peterson, 2009) y Coco (Lee Unkrich & Adrian Molina, 2017), no fue hasta El Rey León que aceptó. Al entrar a la sala, fui testigo de uno de los fenómenos que más emoción me han causado en mucho tiempo. Subimos por las escaleras para llegar a nuestros asientos y tuvimos que hacerlo con un ritmo un tanto pausado ya que delante de nosotros iba una persona de la tercera edad acompañada de sus hijos y nietos. Una vez en nuestras butacas, volteaba constantemente a las escaleras y este escenario se repitió en numerosas ocasiones. La sala estaba llena de niños, adultos y personas de la tercera edad. Ya con los sentimientos a flor de piel, las luces se apagaron y comenzó mi viaje al pasado, Ciclo sin Fin me transportó a mi infancia. Sí, Timón no usó una falda hawaiana, Rafiqui no tuvo su báculo desde el inicio de la película ni hizo movimientos karatekas, Pumba es muy desagradable – pero es la esencia del personaje – y Zazu no estuvo encerrado en una celda construida por costillas pero volví a sufrir la muerte de Mufasa, reí como niño y hasta me asusté; lo mejor fue escuchar las carcajadas de mi mamá cada que un chiste fue presentado en la pantalla grande. ¿Los remakes son necesarios? No. Tal vez alguien, en algún momento, quiera hacer uno o alguna secuela y es muy válido, respetable y admirable, pero no es bueno que la industria se mantenga principalmente de esto. Sin embargo, la experiencia que me ofreció El Rey León me resulta invaluable y desquitó cada uno de los centavos que pagué por verla. Por cierto, si a alguien le interesa, estoy escuchando el soundtrack de la película mientras escribo. Compartir