El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha traído consigo una propuesta que promete desmantelar las estructuras diplomáticas tradicionales: la creación de la Junta de la Paz de Trump. Este organismo, diseñado para actuar como una alternativa al Consejo de Seguridad de la ONU, busca centralizar la resolución de conflictos globales bajo una visión empresarial y pragmática. Según informes recientes, la Junta de la Paz de Trump no solo se enfocará en la mediación, sino que exigirá compromisos financieros y políticos sin precedentes a las naciones que deseen participar.

La iniciativa ha generado una división inmediata en la comunidad internacional. Mientras países como Israel y los Emiratos Árabes Unidos ya han mostrado su respaldo para sumarse a esta estructura en el contexto de la crisis en Gaza, otros aliados europeos observan con recelo. La Junta de la Paz de Trump se presenta como un ente ejecutor más que deliberativo, marcando una distancia clara con la burocracia de los organismos multilaterales que el mandatario estadounidense ha criticado duramente durante su primer año de mandato.

Un modelo de membresía y el conflicto por Groenlandia

Uno de los aspectos más controvertidos de la Junta de la Paz de Trump es su esquema de funcionamiento, que algunos analistas comparan con un club selecto. Se ha filtrado que el borrador de los estatutos contempla una “contribución” de 1,000 millones de dólares para asegurar un asiento permanente en la mesa. Este enfoque refuerza la idea de que la Junta de la Paz de Trump busca resultados transaccionales, donde la influencia geopolítica se mide por la capacidad de financiamiento y la lealtad directa a la agenda de Washington.

Además de los conflictos en Medio Oriente, el presidente ha vinculado la efectividad de la Junta de la Paz de Trump con sus ambiciones territoriales. En el reciente foro de Davos, se vinculó la cooperación en este organismo con la aceptación de la soberanía estadounidense sobre Groenlandia. El mensaje es directo: aquellos países que no favorezcan los intereses estratégicos de EE. UU. podrían enfrentar aranceles de hasta el 25%. De este modo, la Junta de la Paz de Trump se convierte en una herramienta de presión económica y política para rediseñar el mapa del poder global.

El papel de los aliados y la crisis de la ONU

La intención declarada es que la Junta de la Paz de Trump reemplace o al menos margine las funciones de la ONU en la resolución de guerras. Trump ha sido enfático al señalar que las instituciones actuales han fallado en “resolver las guerras que él ya solucionó”. Esta postura ha llevado a la retirada de EE. UU. de múltiples agencias internacionales, dejando el camino libre para que la Junta de la Paz de Trump tome el protagonismo en la gestión de crisis en Venezuela y Ucrania.

A medida que se acerca la fecha límite de su ambicioso plan de eficiencia gubernamental en julio de 2026, la consolidación de la Junta de la Paz de Trump parece ser la pieza final de su doctrina de “Estados Unidos Primero”. La comunidad global se encuentra ahora ante la disyuntiva de adaptarse a este nuevo sistema de “pago por paz” o resistir a una transformación que prioriza la propiedad y los acuerdos directos sobre los tratados internacionales de larga duración.

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