México entrega agua a Estados Unidos en uno de los momentos más críticos para su propia disponibilidad hídrica. En medio de una sequía prolongada, presas en niveles históricamente bajos y tensiones con el sector agrícola, el país inició el pago parcial del adeudo establecido en el Tratado de Aguas de 1944, un compromiso que hoy vuelve a poner en evidencia la fragilidad del modelo de gestión del agua.

Al amanecer, el agua comenzó a moverse.
No por la lluvia, no por una creciente natural, sino por una decisión tomada desde los escritorios: México abrió más el paso del Río Bravo para cumplir con un pago pendiente a Estados Unidos.

Para quien vive lejos del río, el dato puede parecer menor. Para quienes dependen del agua —el campo, las ciudades del norte, las comunidades que ya miden el consumo—, el movimiento tiene un significado más profundo: cada metro cúbico que se va, no vuelve.

Un pago que calma una deuda, pero enciende otra

México debía entregar agua antes de que termine enero. Lo está haciendo.
El caudal del Río Bravo aumentará de forma gradual en los próximos días, como parte del Tratado de Aguas de 1944. Con ello, el país busca evitar un conflicto diplomático y cumplir con un compromiso firmado hace más de 80 años.

El problema no es el tratado.
El problema es el contexto.

Las presas que alimentan ese río están entre las más bajas de su historia. La sequía no es nueva, pero sí más prolongada. Y el agua disponible ya no alcanza para todo lo que se le exige.

El agua no sobra, se reparte

Mientras el agua avanza rumbo a la frontera, en el norte del país se vive otra escena: parcelas con riego limitado, productores calculando pérdidas, comunidades pendientes del nivel de las presas.

El campo es el primero en resentirlo.
Luego, las ciudades.

Durante años, el modelo fue simple: usar más agua para producir más. Hoy esa ecuación ya no funciona. El cambio climático redujo la oferta y el consumo se mantuvo igual. El resultado es un sistema que opera al límite.

No es una crisis futura, es una advertencia presente

Este no es el último pago. El tratado se cumple por ciclos y el actual termina en 2030. Eso significa que México seguirá entregando agua, incluso si la sequía continúa.

Cumplir hoy no garantiza estabilidad mañana.

Expertos coinciden en algo: seguir resolviendo con medidas de emergencia solo pospone el problema. Sin una transformación en el uso agrícola, sin tecnificación del riego y sin una política hídrica pensada a largo plazo, el país seguirá pagando con agua que no tiene de sobra.

El agua corre, el margen se reduce

El caudal del Río Bravo aumenta.
Pero el margen de maniobra se achica.

Lo que hoy se presenta como un cumplimiento técnico es, en realidad, un recordatorio incómodo: el agua ya no es un recurso garantizado. Y cada decisión que se toma sin cambiar el modelo, acerca más el momento en que no habrá suficiente para todos.

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