Redacción: Victoria Dueñas

Imagina tener noventa segundos para jugarte la vida por alguien cuyo nombre no conoces.

Ese es el tiempo que tarda la alarma en sonar y el camión en arrancar. Noventa segundos para ponerse encima 12 kilos de equipo, sentir cómo la adrenalina te quema el pecho y salir a ciegas hacia el peligro. Pero esos noventa segundos no son suerte; son diez, quince, veinte años de entrenamiento constante. Años de vida sacrificados en academias, de certificaciones, de dolor físico y de horas robadas a la familia, condensados en un solo instante decisivo.

Hoy nos toca a nosotros, como ciudadanos, detenernos a mirarlos a los ojos y decirles gracias. Porque detrás de la sirena que escuchamos a lo lejos no hay héroes de ficción; hay personas de carne y hueso.

Está Laura Elena Reyes Antimo, una mujer que es rescatista, pero también es mamá. Una mujer que aprendió en los libros la química del fuego, pero que descubrió la verdadera valentía la primera vez que entró a un incendio. Rodeada por un calor sofocante que le hizo pensar «de aquí no salgo viva», Laura miró a los lados y vio a sus compañeros peleando contra las llamas. En medio del humo entendió lo más sagrado de este oficio: la confianza ciega. Supo que, pasara lo que pasara, ellos no la dejarían atrás. Hoy, toda esa fuerza la lleva a casa para cuidar a sus dos hijos, sabiéndose una mujer completa y privilegiada por servir.

Y está Carlos Alberto Camarena de la Torre, un diseñador gráfico que eligió seguir el legado de su padre. Carlos lleva en la memoria el impacto brutal de su primer gran servicio: una explosión en una fábrica de pirotecnia donde vio de cerca la muerte. Ese día aprendió que la prudencia y el respeto al peligro son la única frontera entre la vida y la fatalidad. Carlos no oculta su humanidad; reconoce que hay momentos en que el miedo aprieta y el instinto te pide correr en dirección contraria al peligro. Pero en cada turno, como un ritual sagrado para vencer al temor, se repite a sí mismo: «Estoy aquí para solucionarlo, para servir a la gente». Y entra.

Ese es el espíritu de los 36 bomberos de la Coordinación Estatal de Protección Civil. Una familia unida por un pacto no escrito: nadie entra solo. Cada paso que dan en el fuego o en el rescate depende de la mano del compañero que tienen al lado.

Hoy, en el Día Nacional del Bombero, no les rendimos un homenaje institucional; les entregamos nuestro orgullo más sincero. Porque saber que existen mujeres y hombres dispuestos a darlo todo por nosotros nos reconcilia con la vida y nos hace sentir profundamente orgullosos de la gente que habita Guanajuato.

Compartir