Redacción: Victoria Dueñas

Hay ausencias que no se procesan de golpe, sino que se filtran despacio, entre gestos pequeños que quedan flotando en el aire. Claudia Tacoronte tenía 21 años y una forma luminosa de habitar México. Traía de España una energía inquieta, las ganas de descubrirlo todo y un impulso natural por cuidar a los demás. Quienes compartieron pupitre con ella en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) recuerdan esos detalles cotidianos que hoy duelen el doble.

Claudia había llegado desde Granada en un programa de intercambio para estudiar Educación Infantil. En las aulas del campus de Cuernavaca, rodeado por la vegetación y el perfil de las montañas, encontró rápidamente su lugar. Sus compañeros y hermana la veían como una mujer libre, plena, viviendo lo que ella misma definía como uno de los mejores momentos de su vida.

Sin embargo, en el trasfondo de ese entusiasmo juvenil latía una realidad desgarradora que Claudia apenas comenzaba a vislumbrar. La entidad que la acogía atravesaba por un clima de profunda vulnerabilidad y riesgo constante.

Una advertencia que no bastó

En un entorno donde la cotidianidad está atravesada por el peligro, los consejos entre amigos adquieren un peso severo. Una de sus compañeras más cercanas, consciente de la agresiva dinámica de inseguridad que se respira en la zona, le había dado una advertencia directa, casi como un instinto de supervivencia: “Si te ves en peligro, solo corre”.

Esa sugerencia cobró un sentido desgarrador la noche del pasado sábado en el municipio de Cuautla. Claudia se había trasladado a esa localidad a una hora de Cuernavaca para asistir a la Fiesta Nacional de la Planta Medicinal, un evento que la entusiasmaba y donde le habían ofrecido alojamiento dentro de la Casa de la Cultura local.

Cerca de las nueve de la noche, en un punto desprovisto de vigilancia y sin cámaras de seguridad en funcionamiento, la joven fue interceptada por un sujeto que la atacó con un arma blanca en un presunto asalto.

Los gritos desgarradores de auxilio quebraron el silencio de la zona. Vecinos del lugar, al darse cuenta de que no se trataba de una representación artística sino de una tragedia real, salieron a socorrerla. Mientras algunos intentaban en vano perseguir al agresor —descrito como un hombre alto que huyó a toda prisa con una mochila a la espalda—, otros se quedaron a su lado. Entre la angustia, una mujer le sostuvo la mano a Claudia, pidiéndole con desesperación que mantuviera la calma para contener la hemorragia. La asistencia médica tardó unos quince minutos en llegar, un tiempo eterno en el que la vida de la estudiante granadina se apagó.

El grito de indignación en las redes sociales

La noticia cruzó el Atlántico en cuestión de horas, desatando una ola de dolor incalculable en su tierra natal. A través de las redes sociales, la hermana de Claudia rompió el silencio con un mensaje cargado de impotencia y amor, expresando la devastación de una familia a la que le arrebataron a un ser querido al otro lado del océano. Sus palabras, impregnadas de indignación por la falta de protección y la impunidad, resonaron en plataformas digitales convirtiéndose en el eco de un reclamo universal: que la memoria de Claudia no quede soterrada bajo las frías cifras de la burocracia criminal.

Cuautla y la UAEM: el dolor de un entorno acorralado

El crimen de Claudia Tacoronte no es un hecho aislado; es el síntoma de una fractura profunda. En Cuautla, los habitantes expresan un cansancio exasperado. La comunidad denuncia la falta de patrullaje, la precariedad en la infraestructura de seguridad en espacios culturales y el control de dinámicas delictivas como la extorsión y el crimen organizado, que han minado la tranquilidad social y económica del municipio.

A la par, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) vuelve a vestirse de luto. Con el feminicidio de Claudia, la comunidad universitaria suma la dolorosa pérdida de cuatro alumnas en un lapso de apenas siete meses, sumándose a los trágicos antecedentes de Kimberly Ramos, Karol Toledo y Michelle Fuentes. Para los estudiantes, el luto se ha vuelto una constante y las aulas se ven sacudidas nuevamente por la protesta y la exigencia de justicia.

Hoy, mientras las autoridades estatales y federales continúan con las investigaciones para dar con el responsable del ataque, la comunidad estudiantil y los allegados de Claudia se aferran a su recuerdo. Recuerdan a la joven que caminaba fascinada por el campus de Cuernavaca, la que soñaba con la educación, la que miraba a México con ojos llenos de asombro y generosidad. Su memoria permanece viva como un faro de luz frente a la penumbra de una violencia que urge detener.

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