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Conozcamos a Luis y Rafael, hermanos tan idénticos como dos gotas de agua, a no ser por los casi 8 años de diferencia entre cada uno, 28 y 34 para ser exactos.

Rafael, el mayor.
Padre de familia, esposo, trabajador, pero con un delirio incesante por el desmadre que se convierte en desenfreno con drogas, especialmente con el basuco y el alcohol.

Luis, el de en medio.
Al frente de la familia en casa con su madre y hermano menor, trabajador, con gusto por los bares, las motos, los tatuajes, el alcohol y las mujeres, pero con un sentido de responsabilidad un poco más recto que el de Rafael… a quien de hecho, ha sacado de varios apuros causados por el vicio.

Hora y lugar adecuados, noche a mitad de semana con la quincena en la bolsa. Rafael con el diablo en la espalda y el frenesí que la euforia le provocaba, se hizo con un arma totalmente legal, pero ilegal en sus manos.

¿Cómo? Nadie sabe con certeza, pero de algún modo logró obtenerla de la autoridad, sin violencia, sin ser notado… como si de una mala trama de película se tratara: el drogadicto en pleno viaje logra quitarle un arma a la policía sin ningún problema.

Sí, es en serio y no, no fue divertido, para los azules no era algo bueno.

Llegar a la comandancia al cambio de turno y sin un arma, porque aparentemente se “perdió”, era motivo de investigaciones e incluso perder el cargo, o al menos eso dicen.

Así que debían buscar y encontrar.

Cámaras de seguridad, con una imagen oscura de bajísima resolución a media noche afuera de una tienda donde sospecharon habrían extraviado la pistola, así ubicaron al “responsable”.

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Luis, saliendo del bar de cada miércoles, oliendo a cigarro y perfume barato. Se dirige a tomar un Uber para volver a casa, porque su sentido de responsabilidad no le permite conducir estando ligeramente ebrio, y al ser mitad de semana, no era buena idea escaparse con una amante.

Del “Uber” bajaron dos tipos rapados y malencarados, lo metieron a punta de golpes a la parte trasera del vehículo.

Esposado por la espalda, la playera en la cara y con el cuerpo descubierto… no escuchaba más que la radio nocturna con mala selección musical, respiraciones agitadas y el vibrante sonido eléctrico del paralizador cerca de sus oídos.

¿Dónde la tienes?… seguidos de un par de golpes y “toques” en el cuerpo.

¿Dónde la tienes?… seguidos de golpes en los costados y en la cara.

¿Dónde la tienes?… acompañado de lo que parecían ser golpes de macana o vara.

Una estrella por el pésimo servicio de “Uber”: no le ofrecieron agua, el viaje estaba lleno de baches, la música era un asco y la entrevista era muy violenta.

Entre lágrimas, respiración agitada y confusión, a Luis le llegó un solo pensamiento a la cabeza:

al menos mañana que me encuentren en una zanja, mi mamá de volada me reconocerá por los tatuajes…

Luego de 30 minutos que más bien parecieron unas dos o tres horas, a uno de los entrevistadores se le ocurrió revisarle la cartera, como si en el calor del momento, esa idea no hubiera pasado por su cabeza.

Agitado y con los oídos zumbando, Luis escuchaba como si su cabeza estuviera dentro de un balde.

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No es… sí es… no, ve bien… se parecen… éste está más flaco… a ver bájale la playera… alza la cara… sí es… no, solo se parecen… vale verga wey… ¿serán carnales?… no sé wey… ya la cagamos… ¿qué hacemos?… ¿lo tronamos?… no, no mames… se va a armar allá… pues ni pedo… dale para la salida… no, a la otra… para allá… en chinga… ¿aquí?… si, ya ni pedo… tírenlo.

Qué buen remedio para bajar la peda, aunque el sabor amargo de la sangre en la boca y lo salado de las lágrimas, le provocaba ganas de vomitar.

¿Taxi?… ninguno se va a parar con el aspecto que traigo.

¿Una llamada?…La pantalla de seguro se rompió cuando me baje, sí seguro.

Caminar unos cuantos kilómetros para llegar a casa no le parecían mala idea, ni siquiera por el hecho de ser casi de madrugada o porque atravesar avenidas peligrosas por la noche sonara inquietante, sino porque de algún modo se sentía vivo y quería disfrutarlo.

La historia es real, he cambiado los nombres por respeto y anonimato a quien me compartió entre cervezas y lágrimas esta historia diciendo: “Alex, un día casi salgo en tu trabajo como un muertito más…”

Por cierto, de la pistola ya nadie supo nada.