Cuando estoy viendo una película, serie, corto, etc. y hay alguna escena que comienza a generarme ansiedad, si puedo, la pauso, me la salto, la evado.

Si estoy en el cine, cierro los ojos y me sujeto con fuerza del asiento, trato de desviar la mente, y al abrirlos la escena se ha ido.

No sé qué pasó, no me interesa saber qué fue lo que se desarrolló. Solo sé que me generó un fuerte revuelo en el estómago. Solo sé que me hizo temblar y rechinar los dientes. Solo sé que decidí disociar para ignorarla. Solo sé que sentí náuseas y cosquillas en las manos y los pies. Solo sé que no me gustó lo que estaba sintiendo.

Y así me pasa muchas veces en la vida.

Evado, evado, evado; siempre que puedo, siempre que no quiero aceptar o ver o sentir.

Pero, la evasión de mi existencia me está consumiendo.

Hay gritos en mi cabeza, ideas revoloteando sin parar como mariposas; y aunque las mariposas son lindas, las que tengo dentro de mí no lo son.

No puedo más, no puedo seguir evadiendo. Ya no quiero conformarme con el placer que me genera el disociar. Porque sí, es placentero, es placentero conformarse con la sensación de haber vivido algo, algo que no pasó.

A veces me detengo un poco, sentada en la esquina de la habitación, sintiendo el frío del suelo, imaginando escenas que no pasarán, pero disfrutando cada segundo de la imaginación. Sin darme cuenta, comienzo a gesticular, mi lengua no deja de moverse, aunque tengo la boca cerrada; de hecho, casi siempre está en constante movimiento, creando diálogos, diálogos que jamás diré.

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Y, de repente, como un balde de agua helada, me doy cuenta: estoy hablando, las palabras salen de mi boca, mi cara está expresando todo. Mis ojos inundados, mis lágrimas recorriendo mis mejillas; su sabor, aunque es salado, no me molesta cuando finalizan en mi labio.

Me detengo un poco, del otro lado de la habitación estoy yo, pero no soy yo; es otra versión de mí, una mejor. Sentada mirándome fijamente, esperando a que la pueda alcanzar. Pero, por ahora no puedo. Trato de explicárselo y me entiende, sonríe y me abraza. Mientras me cobija un poco, me susurra que ahí estará, no se moverá, me esperará, y me dice que pronto, pronto nos fundiremos.

Hoy disfrutaba de una serie. Sucedió una escena que me generó ansiedad. La pausé, respiré, me levanté un poco y caminé, sentía una presión en el pecho, y una voz dentro de mí: “Mírala, mírala, solo es una escena. Piensa en La Luz, piensa en lo que hay alrededor, o piensa en el problema”.

Con un sudor frío en mis dedos, me senté, quité la pausa y la vi. Me sentí bien, ¡pude!

Pude verla.

Quizá sea una señal, quizá pronto dejaré de evadir más cosas. Y me siento tan bien. No creo que sea algo tonto, porque para mí es un logro, porque decidí no evadir, y eso solo significa algo: que dejaré de evadir ciertas escenas en mi vida.

Por: Andrea Sánchez

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