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¿Qué es el feminismo? ¿Por qué luchan las feministas? Desde mi pequeño mundo, no lo entendía. Porque mi pequeño mundo era feminista.

Con una madre adelantada a su tiempo y un padre liberal, en mi hogar no había distinciones entre mi hermano y yo. Éramos iguales y a los dos nos dieron acceso a la mejor educación que pudieron. Los dos podíamos participar en las conversaciones, y los dos podíamos tener nuestras propias opiniones.

En casa no regían los roles de género. Mi padre, que adoraba a mi mamá, nunca fue impositivo ni controlador con ella. Mi madre, que adoraba a mi papá, siempre estuvo dispuesta a dar lo mejor de sí, a trabajar fuera del hogar, para apoyarlo. Los dos colaboraban en el hogar, y nos enseñaron a hacerle de todo y a ser independientes.

Y hablo de padres nacidos antes del primer tercio del siglo pasado: en 1925 él, en 1932 ella.

Un machismo aprendido en la calle

Del machismo me enseñó la escuela, la calle, el trabajo. Ahí es donde me topé con “faltas de respeto”, ahora correctamente llamadas “hostigamiento” o “acoso”, y desigualdades.

Pero el machismo va más allá de las agresiones verbales y/o físicas e incluye la represión de pensamiento y de acción, la imposición de roles y de estándares de belleza, y el desprecio por la capacidad y el talento femeninos.

Y esas actitudes patriarcales están tan arraigadas que incluso muchas mujeres, de antes y de ahora, las consideran lo “normal”, “como debe ser”.

Estaba en quinto de primaria cuando la maestra Imelda preguntó qué queríamos ser de grandes. No recuerdo qué dijeron mis compañeros, hubiera sido una buena anécdota contar que los niños respondieron que estudiar y ser profesionales y las niñas que casarse y ser madres y amas de casa. Pero no. Recuerdo, porque además se convirtió en una historia digna de contar en mi familia, que dije “periodista”, y la profesora me respondió. “¿En qué esquina venderás periódicos?”

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Para conocer un poco más del carácter de mi mamá, sepan que fue a reclamarle a la maestra y, cuando me gradué de Licenciada en Ciencias de la Comunicación, fue a enseñarle mi título.

La tortura de la moda

En una conversación en la más reciente sesión de mi taller literario, una admirada compañera comentó (ni recuerdo a propósito de qué) el sometimiento al yugo masculino de las mujeres chinas a las que desde niñas les ataban los pies para que no les crecieran (la práctica de los pies de loto), y así agradaran a los hombres y accedieran a un buen matrimonio.

Por coincidencia, el mismo fin de semana leía Mujer que sabe latín…, de Rosario Castellanos, cuando me topé con este fragmento:

Hasta nuestros más cursis trovadores locales se rinden ante “el pie chiquitito como un alfiletero”. Con ese pie (que para que no adquiriera su volumen normal se vendaba en la China de los mandarines y no se sometía a ningún tipo de ejercicio en el resto del mundo civilizado) no se va a ninguna parte. Que es de lo que se trataba, evidentemente.

Y luego la insigne escritora mexicana, en este escrito de 1970, continúa hablando de la tortura que significan para la mujer los zapatos “que algún fulminante dictador de la moda ha decretado como expresión de elegancia”:

En su parte más ancha aprieta hasta la estrangulación; en su extremo delantero termina en una punta inverosímil a la que los dedos tienen que someterse; el talón se prolonga merced a un agudo estilete que no proporciona la base de sustentación suficiente para el cuerpo, que hace de precario equilibrio, fácil la caída, imposible la caminata.

En detalles como esos, nuestra antecesora en la lucha feminista mexicana fue sentando las bases de su argumentación sobre el papel restringido en el que la historia y sus protagonistas masculinos buscaron encajarnos, y en la mayoría de los casos lo lograron con mucho éxito.

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Los transtornos curables de las poco femeninas

También por coincidencia, una gran amiga feminista me hizo llegar esta ilustración (aparentemente de los años 40), en la que se mencionan los “trastornos que se pueden curar” si una mujer tiene “características poco femeninas”. Primero me enojé, luego solté la carcajada, y mi amiga coincidió en la reacción.

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Cuando veo estas ilustraciones y leo los manifiestos feministas de hace 50 años de Castellanos, tras haber crecido en un hogar feminista y criado a una hija aún más feminista, no logro comprender porque seguimos librando las mismas peleas por la igualdad, la libertad, el respeto ¡y la vida! (incluso por aquellas aún sometidas por quienes luchamos y a quienes acompañamos en su proceso de deconstrucción).

¡Merecemos las mismas oportunidades educativas y laborales, y los mismos salarios! ¡Tenemos derecho a actuar como nos plazca sin ser moralinamente juzgadas! ¡Tenemos mucho que decir! ¡Queremos ser y aportar!

¡La lucha feminista continua!