Irapuato
fabrica de ilusiones

La madurez no llega con la edad. O, más bien, tener cierta edad no es señal de ser una persona madura. Somos jugos de distintas uvas que, dependiendo de la barrica, nos añejamos a diferente ritmo.

¿A qué viene a cuento esto? A que observo a mis hijos, quienes ya superan (por poquito) el cuarto de siglo, y los veo con un nivel de madurez que a mí me tomó muchos más años alcanzar.

Visiones más sincronizadas

En unas recientes vacaciones familiares (solo los cinco y en una apartada cabaña en la sierra, antes de que me reclamen la imprudencia en medio de una pandemia), sentí que estamos más sincronizados en nuestras visiones del mundo.

Nosotros, los padres, hemos intentado estar abiertos a aprender de ellos, a escucharlos, a entender las realidades que viven y vislumbran entre sus contemporáneos, y eso nos hace cambiar (quizá no tan rápidamente como a ellos les gustaría) nuestra forma de pensar sobre tantos temas que nos son nuevos.

Nuevos no porque no existieran antes, sino porque eran solapados por la sociedad, y nosotros en nuestra juventud nos ocupábamos de cosas menos trascendentes. (No generalizo, hay millones de personas que, en otro entorno, más propicio, maduraron justo a tiempo en su vida.)

Cosechas distintas

Los jóvenes de ahora, muchos más de los que solemos creer, tienen una mayor conciencia social, ambiental y emocional, y son más abiertos, participativos y solidarios. Y sí, sé que hay una generación que no ha tenido las oportunidades que merecen y que aún no han encontrado su camino; o, de plano, llevados por las circunstancias, lo han errado. Son cosechas malogradas.

LEER  Detienen en Texas a Genaro García Luna acusado de servir al Cártel de Sinaloa

Reitero: la experiencia de la madurez es individual y personal. En nuestro caso, pertenecientes a vendimias diferentes, los padres requerimos más añejamiento para alcanzar cuerpo y un color intenso; nuestros hijos son vinos jóvenes con aroma y sabor fuerte que endulzan y enriquecen cualquier conversación.

Estamos en ese periodo en que, juntos, a la mesa, armonizamos cada vez más.