Si hay algo que molesta al presidente Andrés Manuel López Obrador son los informes de organismos internacionales que desnudan con cifras y hechos a un país muy diferente al que vende diariamente en sus conferencias mañaneras. Para el presidente no merecen lectura ni comentarios los informes del Banco Mundial, de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), de la Cepal e incluso del Inegi, por mencionar algunos, pues siempre dice que “tiene otros datos” que nunca exhibe.

Y tiene razón en cuanto a que las cifras que presentan esos organismos nunca serán comprendidas ni analizadas por su base electoral ni seguidores. Quienes toman nota de esos informes son más bien los grandes consorcios internacionales, los inversionistas con intereses en el país, los académicos nacionales y extranjeros, así como los medios de comunicación nacionales y foráneos, entre otros.

Pero en las dos últimas semanas se dieron a conocer dos informes que no solo deben prestarse a un análisis profundo sino también a la reflexión acerca de una tendencia que está cobrando forma en el país: más simpatía hacia un gobierno autoritario y un avance inexorable de la corrupción, a pesar del mensaje diario del presidente.

Se trata de los informes del Latinobarómetro 2021 y del ranking de la corrupción mundial 2021 del World Justice Project. El primero es un ejercicio anual que se realiza en 18 países de América Latina y el Caribe que mide a través de encuestas el apoyo a la democracia, a los gobiernos autoritarios y el control de los gobiernos hacia los medios comunicación en sus respectivos países. El segundo mide el Índice Global del Estado de Derecho en las naciones del mundo y analiza la corrupción en los Poderes Ejecutivo, Legislativo, Judicial y en las policías y Ejércitos. Sobra decir que ninguna de estas dos organizaciones internacionales trabaja bajo consigna de algún gobierno u organización empresarial o pública.

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HALLAZGOS PREOCUPANTES

El imaginario del presidente es que el México de hoy es una nación “sin corrupción”, que “no es igual” a los gobiernos anteriores, que está “libre del neoliberalismo”, más un largo etcétera, y, de nuevo la insistencia, por eso no vale la pena profundizar en sus resultados. Pero el que México sea clasificado en el lugar 135 de 139 entre las naciones más corruptas del mundo echa abajo la narrativa presidencial, ya que la percepción ciudadana hacia la corrupción es más alta que nunca. De nada han servido sus cientos de miles de frases en ese sentido y es difícil que cambie la opinión ciudadana para el 2024.

El otro dato más importante de análisis sin duda lo aporta el Latinobarómetro: uno de cada cuatro mexicanos apoya un gobierno autoritario. Esta investigación continental encontró que, de 2018 al 2020, se duplicó el respaldo de mexicanos a este tipo de gobierno al pasar de 12 al 25 por ciento. Es el nivel de apoyo más alto desde que inició este estudio internacional en el 2002. Esto significaría que la democracia ya no es el modelo ideal para los mexicanos. El descrédito hacia los partidos políticos y al sistema de pesos y contrapesos en los diferentes niveles de gobierno han llevado a respaldar la noción de que un gobierno autoritario sea el que corrija los males del país.

Ya en su reciente visita a México, el escritor Mario Vargas Llosa advirtió que el presidente López Obrador “se quiere reelegir” y que la manera con la que arremete contra los medios de comunicación merma la democracia, pues esta no puede ser posible “sin la libertad de expresión”. Los indicativos ya están (Latinobarómetro y el World Justice Project) y la advertencia también. Los mexicanos parece que aún no nos damos cuenta.

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(Foto: Tomada del CIDE)