La publicación de las imágenes y videos de Emilio Lozoya cenando en un elegante restaurante de la Ciudad de México han vuelto a poner en evidencia que las intenciones del presidente Andrés Manuel López Obrador y de su gobierno de presentarse como paladines en el combate la corrupción no siempre están acompañados de hechos que la mayoría de los mexicanos quisiera ver. ¿Es legal que el ex director de Pemex haya ido a cenar? Sí. ¿Está violando el arraigo domiciliario que le dictaron? Técnicamente sí. ¿Es moralmente correcto lo que hizo? No.

Este personaje que encarna lo peor de la corrupción del sexenio de Enrique Peña Nieto fue extraditado de España en julio del 2020 y de inmediato se apegó a la figura de “testigo colaborador” ante la Fiscalía General de la República a fin de que revelara todas las supuestas redes de corrupción que rodearon a Pemex, el caso Odebretch y la aprobación de la Reforma Energética del 2013. A partir de ese momento y con la anuencia del presidente empezó a hacer una serie de acusaciones de supuestos sobornos y corruptelas dando nombres de políticos opositores -solo del PAN- y de sus enemigos declarados y anteriores jefes, Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray.

Esto ha llevado a que Lozoya esté tácitamente agradecido con el presidente y la FGR porque no ha pisado la cárcel, a pesar de brindar testimonios contradictorios en fechas y episodios y que han sido desmentidos por aquellos a quienes acusa. El que el presidente no lo descalifique ni ataque ha llevado a que sus partidarios de la 4T tampoco lo condenen, pierdan memoria de toda la red de corrupción que organizó y fomentó en el sexenio pasado y que ahora hasta lo defiendan incondicionalmente tras ser captado como si nunca hubiera cometido delito alguno.

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LOS PINTAN INOCENTES

Esta disyuntiva del presidente y de los simpatizantes de la 4T es la misma que enfrentaron con el caso del ex secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos. Es decir, saben que son personajes con antecedentes oscuros, altamente cuestionables, o manchados de sangre como el caso del militar en Ayotzinapa y en el presunto tráfico de drogas, como se lo demostraron en Estados Unidos, pero que prefieren más bien por condenar al gobierno estadounidense y a la periodista Lourdes Mendoza que exhibió a Lozoya.

Para ellos, los malos son los que echan abajo la narrativa del presidente de que en su gobierno se acabó con la corrupción, y no los personajes a quienes encubre y les tiene mano blanda sin investigarlos a fondo por sus actos criminales.

Los seguidores de hecho llegaron al colmo de lo absurdo. “A cualquier persona que haya estado físicamente ayer en el restaurante Hunnan en CDMX, y haya visto personalmente que Lourdes Mendoza tomó las fotografías al presunto delincuente de Lozoya y me entregue una foto o video que dé testimonio le doy 500 USD. Me interesa la verdad” (Simón Levy); “Aclara @literalmexico que esta foto de Emilio Lozoya no es del día de hoy”, posteó a su vez Jenaro Villamil, presidente del Sistema Público de Radiodifusión (SPR), citando a un medio que supuestamente investigó el origen de la foto de Lozoya.

Si hay algo que exaspera al presidente son las narrativas que están fuera de su alcance. Y mostrar a Lozoya comiendo pato al horno en un restaurante de lujo con todo y guardaespaldas, junto con magnates como un integrante de la poderosa familia del acero, Autrey, y de tequila Cuervo, como lo mostró Lourdes Mendoza en su columna son criptonita pura contra el “combatiente de la corrupción” y sus seguidores. Una realidad es la que quiere pintar en sus mañaneras y la otra es aquella que desnuda la simulación y el engaño de instituciones como la FGR, Función Pública, por mencionar algunas. Nadie dice que la corrupción se acaba por decreto o buenas intenciones… excepto el presidente.

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