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¿Quién lo iba a decir? Ahora las vacunas contra el COVID-19 son tema de debate ideológico, no solo político.

Los infectólogos y epidemiólogos de mi confianza (tú, no, López-Gatell) recomiendan que nos pongamos la primera vacuna que esté a nuestra disposición. Y muchos estamos de acuerdo.

Claro, de las vacunas de que nos hablaban eran las de Pfizer, Moderna y AstraZeneca, cuyo desarrollo al vapor cumplía con los requisitos para ser aprobadas por las agencias reguladoras de temas de salud en los principales países del mundo.

Pero ahora que nos dice nuestro gobierno federal (este que no compró las vacunas que decía haber comprado) que pronto nos llegarán millones de la vacuna rusa Sputnik V, a muchos ya no les parece tan buena idea.

Opacidad sobre riesgos

Para empezar, muy opaca e incompleta había sido la información sobre su ensayo clínico, lo que despertaba las suspicacias de muchos sobre sus riesgos, no solo sobre su eficacia.

Pero los rusos ya empezaron a soltar prenda y la prestigiosa publicación científica The Lancet publica un artículo detallado de la fase tres de dicho ensayo en Rusia. En él, para resumir, los científicos rusos afirman que su análisis “provisional” de la fase 3 del ensayo clínico de la vacuna Gam-COVID-Vac “mostró una eficacia del 91.6% contra el COVID-19 y fue tolerada” por la gran mayoría de los 16 mil 427 adultos que recibieron la vacuna, entre un grupo de 21 mil 977 participantes. A 5 mil 476 se les administró un placebo.

Estos son buenas noticias, desde el punto de vista científico, pero resulta que las vacunas en México se han vuelto un tema político e ideológico.

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Más allá de lo político

Si ya discutíamos porque la campaña de vacunación estaba siendo politizada por el partido en el poder (con sus spots y con la inclusión de los “Siervos de la Nación” como mirones en las estaciones de inoculación), resultó que, además, a los operadores políticos de ese partido les pareció una oportunidad de oro para andar de casa en casa y haciendo llamadas telefónicas para recabar datos electorales de los ciudadanos alegando la elaboración de un registro para la vacunación (cuando no hay vacunas).

Los más suspicaces también vieron un tema electorero en la inmunización de miles de maestros en Campeche (un grupo de movilización política en un estado donde la candidata de Morena a la gubernatura es Layda Sansores, la hasta recientemente alcaldesa de la delegación Álvaro Obregón en la CDMX) cuando no se había terminado de vacunar al personal médico de primera línea en el país y ya se debía estar aplicando una segunda dosis a los primeros en ser vacunados.

Muchos medios, además, se habían montado en el tren de “la vacuna rusa no ha sido aprobada, seremos sus conejillos de Indias”, (habrá que ver cuál será su postura ahora que salió el artículo en The Lancet).

Pero para ir más allá de lo político, también hay quienes recuerdan que el “afectuoso” presidente de Rusia, Vladimir Putin, fue agente de la temida agencia del servicio secreto KGB en tiempos soviéticos.

El falso dilema

Ah, aquí surge el tema ideológico: ¿Te vas a dejar poner una vacuna rusa no aprobada aún por las agencias reguladoras occidentales?

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Yo digo que más que escuchar a los políticos, o a los científicos que actúan como políticos (aquí te hablo López-Gatell) o a los medios y los tuits argüenderos, pongamos atención a los verdaderos científicos.

La pandemia está descontrolada en México (gracias, López-Gatell, ah, y a tu jefe) y lo único que puede salvarnos (a los todavía no infectados) de un contagio con resultados imprevisibles es una vacuna.

Una vacuna, la que sea, que es parte esencial de nuestro derecho constitucional a la salud, y no moneda de cambio electoral ni argumento ideológico.