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Decisiones tomamos a cada momento; algunas más trascendentales que otras. Las más fáciles ni nos damos cuenta, las más difíciles nos provocan angustia y otras las resolvemos con un “de tin marín…” o un “que sea lo que Dios quiera”.

Las decisiones se acumulan desde que ponemos el despertador: ¿A qué hora? Dependerá de las actividades de tu día. ¿Qué ropa vestir? Dependerá del clima, con quién te encontrarás o a dónde irás. ¿En qué orden abordar las tareas de la jornada? Depende de prioridades, de órdenes, de trayectos, incluso de factores que no están bajo nuestro control (como el horario de una tienda).

Decisiones colectivas o de vida

Todo se complica cuando tus decisiones involucran a alguien más, o muchos más. ¿Viven o han vivido en régimen de condominio? ¿Han asistido a una junta de padres en una escuela para decidir, digamos, el festejo de los graduados o la próxima kermés? ¿Han organizado una cena de Navidad con la familia extendida? Saben de lo que hablo.

Pasemos ahora de las decisiones más trascendentales. En una breve charla durante un curso en línea alguien hizo una aseveración: la decisión de divorciarse es fácil. ¿Cómo la de casarse?, me pregunté.

Bueno, en el primer caso, yo diría que depende de las ciertas circunstancias: ¿La pareja tiene hijos? ¿La mujer tiene medios para sostenerse económicamente? (Triste, pero cierto. Muchas mujeres no se divorcian porque no sabrían qué hacer en este aspecto.) ¿La mujer es valiente? ¿O el hombre (para hablar con equidad de género)?

En el caso de una boda, tampoco puede (o no debería) ser una decisión fácil. Una pareja muy enamorada me dirá lo contrario: lo que quieren es estar juntos “para toda la vida”. ¿En serio? El enamoramiento no debe nublar la razón: casarse también es una decisión complicada.

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Resultados inciertos

Ante cada encrucijada de la vida (llámese boda, divorcio, empleo, carrera, vestimenta, lugar de residencia, nuevos conocidos, viejas amistades… síganle al gusto con la enumeración) son muchos los factores a considerar, si es que queremos tomar buenas decisiones.

Pero nadie, nunca, nos podrá garantizar que una decisión será “buena”; eso solo el tiempo lo determina. Los resultados de una acción (decisión) son los que nos dirán si, para nuestras circunstancias, fue buena o mala.

Es emocionalmente desgastante estar pensando a cada paso cuál será el siguiente. Lo mejor, creo yo, es aprender a distinguir cuándo importa la reflexión profunda y cuándo no. Cuándo podemos actuar automáticamente, cuándo podemos resolverlo con una lista de pros y contras, y cuándo nos basta con un “de tin marín”.