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¿Se imagina un medio de comunicación, llámese prensa escrita, noticiario radiofónico, televisivo o un portal electrónico, sin publicar por un día los dichos, ataques, mentiras o propaganda que a diario lanza el presidente Andrés Manuel López Obrador desde la conferencia mañanera?

A estas alturas, es difícil imaginar algún medio de comunicación ignorando lo que se dice todas las mañanas desde el despacho de Palacio Nacional. Los medios tienen hoy en día una adicción incurable de consignar los dichos del presidente, sean buenos o malos, interpretándolos para su bien o usándolos en su contra. “La nota”, como se dice en el argot periodístico, siempre está girando en torno al presidente.

En una muy atinada columna, el periodista Salvador Camarena hace en el periódico El País una amplia y profunda reflexión acerca de lo que ha hecho la prensa en estos dos años y medio frente al poder encabezado por López Obrador. Y su conclusión es tan atinada como dolorosa: se necesita hoy una prensa que reconozca errores del pasado y acepte los del presente, que muestre su compromiso con la sociedad haciendo periodismo profesional, no visceral, ni vengativo: con hechos contundentes que realmente desarmen al poder y hablen por los ciudadanos.

A estas alturas pareciera que estamos frente a un circo romano donde el dueño del circo es el emperador que lanza a alguna víctima al paredón -llámese medio de comunicación o columnista- para que sea devorado y aplaudido por el séquito, mientras que, por el otro lado, hay un público expectante para ver cuándo revelan otro video o golpe que evidencie la corrupción del primer círculo del presidente y satisfaga así a aquellos urgidos de una figura opositora.

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MEDIOS SIN BRÚJULA

Todos los medios de comunicación, salvo algunas excepciones que generalmente se encuentran en los medios electrónicos, caminan sin brújula recogiendo declaraciones del presidente y cruzando los datos ofrecidos por la mañana para desmentirlo o para elogiarlo. Acompañan la información con columnistas, cartones y trascendidos, y en muy pocas ocasiones se atreven -tímidamente- a romper con las agendas del día.
Casi como regla, han dejado a un lado investigaciones sobre medio ambiente, discriminación, desempleo, historias de éxito de mexicanos dentro y fuera del país, o sobre el resquebrajamiento social causado por la pandemia, solo por mencionar algunos; incluso para ellos no existe el periodismo de servicio a ciudadanos.

Tampoco hay un esfuerzo multimedia de los grandes medios de comunicación para presentar información novedosa usando herramientas tecnológicas de punta para un público cada vez más divorciado de la información. Sus esquemas informativos toman de base lo publicado en el medio impreso y de ahí no se mueven.

Los columnistas más desprestigiados de hoy que durante décadas vivieron del erario vendiendo información como Joaquín López Dóriga, Ricardo Alemán, Carlos Marín, Beatriz Pagés, entre otros, tienen como “aportación” periodística criticar un día sí y otro también al régimen, con largos y aburridos diálogos, con contextos ciertamente, pero con arrogancia y sobrado ego que acompañan retomando información de otros medios sin preocuparse por hacer contenidos o investigaciones propias.

Desde los reportajes de la Casa Blanca de Peña Nieto y la Estafa Maestra, el periodismo mexicano ha quedado a deber. Si bien se han publicado otras valiosas piezas de investigación como las de Odebretch en México, Panamá Papers, las adjudicaciones directas de este gobierno o las de El País México sobre la triangulación de recursos a Venezuela con el aval de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el inquilino del Palacio Nacional se ha encargado de minimizarlas o de atacarlas.

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Y no trascenderán más, mientras los dueños de los grandes medios opten por su individualismo –“con que no nos quiten la publicidad oficial”- y sigan viendo a los reporteros, como bien lo señala Camarena, como una carga financiera para sus nóminas.